Crisis postvacacional
September 25th, 2008 ...sErGiO... Posted in Articulos, Relatos cortos |
Da tumbos el estío y con los últimos ramalazos de la FIESTA –con mayúsculas- nos damos cuenta que al reiniciar la normalidad de nuestras vidas tenemos hecho polvo: cuerpo, espíritu y bolsillos. Conclusa la tregua de nuestro homenaje al asueto, como conejito de Duracell agotado no hay quien renueve espíritu para afrontar el nuevo curso de la vida aunque la mochila la carguemos de esperanzas. Más queramos o no, no nos queda otra que apechugar con lo que nos depare el azar, nos sorprenda el destino o tengamos a priori prescrito en nuestro particular cuaderno de viaje que marca itinerario a través de la senda, camino del calvario cotidiano.
Se acabó el veraneo que este año, sin que sirva de precedente, - Dios así lo quiera- por mor y gracia de la crisis hemos empleado para reactivar relaciones con las amistades de siempre: la familia que no olvida, amigos/conocidos que nunca faltan con algún refugio de mar o de montaña, la suegra que en el pueblo nos agasaja con la hogaza y chorizo de crianza, esa mujer que con los años agrió el carácter pero nos acoge con los brazos abiertos aunque en una de sus manos lleve un puñal, para en el abrazo, recordarnos sutilmente que no es correcto mantener el estado de dejadez del que hacemos gala y nos impide colmar de atenciones a su hija del alma. Ella es consciente –sabiduría popular que la asiste a raudales- que no están los tiempos para malentendidos amorosos que tanto place a los letrados. Opina que en estos tiempos de modernidad no acabamos de ser conscientes de que la formalización de una quiebra sentimental para los no pudientes – salvo honrosos casos, que de todo hay en la viña del Señor, aunque poco mirlo blanco esté al alcance de ser tomado como reconfortante presa- resulta ser losa desplomada sobre la economía de subsistencia que ya no permite ni a uno ni a otro levantar cabeza de por vida. Y mira que tiene razón la jodida.
Ahora, terminados los encierros, nos esperan las cornadas de la vida, para los que debemos tener disponible el quiebro posible a nuestro alcance que nos libre de la anunciada cogida. Y acallados los fuegos de artificio, retumban cual trompetas de Jericó amenazadoras salvas en nuestros tímpanos cargadas de irritabilidad, sensación de ahogo, tensión muscular, vació, insomnio… en ese “shock” por la frustración del regreso a la vida rutinaria.
Dice mi psicólogo que no hay que preocuparse. Que estoy bajo los efectos del síndrome postvacacional. Que todo obedece a un cambio brutal entre estilo propio de vida en periodo de holganza y el modo de obrar o proceder en casa habitualmente. Que es difícil cambiar de estar echado a la bartola a llevar con resignación la carga de los quehaceres. Que no hay mal que cien años dure. Que todo pasa y a todo uno se acostumbra. Pero que si el reencuentro con la cruda realidad supone un trastorno mental grave – él lo denomina “burnt out” o “de estar quemado” – está disponible para que acuda en busca de ayuda, que no dude en visitarle. Y si no, que mire mis bolsillos y si les veo vacios, adopte otra actitud ante la vida. Que tenga en cuenta que si logro el equilibrio por mí mismo, habré encontrado la llave de la felicidad.
No se hable más: tratare de seguir su último consejo.
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