Ni por esas

14 de April, 2010

Renegó como nadie de los postulados del abuelo. El longevo hombre había crecido bebiendo de las turbias fuentes de la Falange y murió siendo fiel a lo que a su entender era saludable consumo: el abrevadero de donde emanaron los Principios del Movimiento. Sin embargo, no logró, por ningún cauce, que aquellas cristalinas aguas calaran  en su nieto. Fue nulo su afán de hacerle, en tal sentido, un hombre de provecho.

Mi amigo de marras creció como Dios le dio a entender. A su criterio, comulgar con los principios del anciano de la tribu era estar condenado de por vida a hacer el indio. Sus padres trabajaban de sol a sol para llevar mendrugo que llevarse a la boca. Las gotas de sudor derramadas no servían más que para regar haciendas de sus amos.

-    ¡Amos anda! -se dijo- Si el Che dice que la tierra para quien la trabaja, ¿quiénes somos nosotros para llevarle la contraria?”.

Como hombre convencido, se hizo adalid de las doctrinas socialistas. Se puso al frente de las escasas voces que en su entorno se hacían eco de los vientos del necesario cambio. Lucho como nadie por la democratización de su pueblo. Tras varias tentativas frustradas por hacerse valer por sus creencias ideológicas, siguió pidiendo el voto. No para él, sino para quienes por saber, criterios y dominio de las artes políticas, podían alcanzar mejor gloria. Llegó el día, que radiante de alegría, no tardó en anticiparse a comunicarme que habían ganado los nuestros. Dieron comienzo entonces nuevos tiempos en los que se dejaron oír los parias de la tierra.

Condenado de por vida a ser trabajador, a imagen y semejanza de burro de carga, nunca ha  tenido dificultad para encontrar con que ganarse las habichuelas. Eso sí: los ratos libres siempre les tuvo y les mantiene a disposición del Partido. Ni por asomó se le ocurrió nunca poderse cobijar al paraguas protector de la política, ni pedir dádiva alguna a quienes tiene por amigos, hoy refugiados en parcelas de poder. Hasta que un día, flaqueadas sus fuerzas por una emergente enfermedad degenerativa, en la búsqueda de una mínima calidad de vida, tuvo la osadía de querer tener una paga de supervivencia sin necesidad de dar palo al agua, pensión bien merecida que a otros ha reconocido.

En estos días, interesándome por sus trámites de jubilación, me informó que desistiendo de sus intenciones, vuelve al trabajo. Dice que su inutilidad no se le reconoce, que médicamente no está probada. Resignado, dice que tirará hasta que el cuerpo aguante. Entre tanto, cada amigo del cual sigue siendo abanderado, dice llamarse andana.

Llegan noticias a mis oídos que hacen que me acuerde de él. Los suyos pretenden  arreglar la economía prolongando la edad de jubilación. A más tiempo de edad de trabajar, con el paro que existe, menos años para el cómputo de paga y más probabilidades de que a la vejez, viruelas. Me acuerdo de él. En nuestro último encuentro le recuerdo como los de su partido, en vez de reportarle bienestar, le prolongan la agonía. Él siempre ha tenido presente la frase de que “quien nace lechón, muere cochino”. Le recuerdo que, a la hora de aplicar el dicho, habrá que tener amplitud de miras. No le convenzo, ni por esas.

Hilario Álvarez Valentín



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