Oculto en el velo de la alegoría
10 de March, 2008
Oculto en el velo de la alegoría, vuelvo a las andadas. Dudo que me lo pida el cuerpo, un tanto perezoso, pero acudo a la llamada de ese soplo amigo que alimenta mi ego pidiéndome que escriba. En tal sentido: sin pudor, intentaré hacer honor al elogio inmerecido. En pos de la concordia, mitigaré mi temple tentado a emborronar renglones con diatribas mordaces de difícil ingestión para tanto paladar exquisito que se estila. Capitularé a mis impulsos a la mínima duda. Tendré buen cuidado de modelar mi lenguaje y refinar mi estilo. Ya se –me precio de no ser un iluso- que lo que natura no da, Salamanca no presta. Más soy sincero: a modo de cuaderno de bitácora, he aireado el alma tantas veces, que a decir verdad, ahora presiento, que una gimnasia periódica como ésta: plasmar en un escrito esos impulsos que me inclinan a aporrear las teclas, liberará a mis neuronas de esa amenaza en ciernes de abocar en la atrofia.
Regreso a darle curso a mis suspiros. Con más genio que ingenio, trataré de urdir historias cotidianas. Quiero entonar sumido en el delirio, a modo de quijote, un canto al desahogo, pero sin pretensiones. No es mi misión ser adalid de esas causas perdidas que datan del inicio de los tiempos. Nadie se engañe. Es prudente llevar a cabo el empeño haciendo equilibrios sobre las propias mentiras, como el hábil acróbata, por un halo de gloria. Un consejo: En este mundo de locos, dar pábulo a la fábula, tan solo viene a cuento, si se aplica a posteriori su sabia moraleja.
Perdonadme. No estoy loco. Tal vez: ebrío. Os cuento. Juzgad vosotros mismos si es falaz el suceso. Fue día de elecciones y al término del recuento, me ha llamado un amigo. Es político de oficio. Pero en el lance no se jugaba nada, ya que tras esta noche, no influye el resultado para mantener su puesto. No obstante, era curioso su mensaje: en esta noche de gloria y desventura repartida, tenía la ilusión de hacerme partícipe del vaciado de una botella de Cacique, ron añejo guardada en la vitrina para las ocasiones. Doy fe de mi sorpresa. Él era del grupo de los vencidos y, sin embargo: ¡quería celebrarlo! Solícito acudí, en la intención de compartir el ahogo de su pena. No en vano es amigo: de los más allegados. Y entre sorbo y sorbo me dijo que se sentía obligado a celebrar la liberación de conciencia que produce el saber que son otros los que deben cumplir con las promesas que a bombo y platillo, sin sonrojo, todos han proclamado. Me recordó a La Bruyere, de quien en algún sitio he leído que dejó escrito: “Es una enorme desgracia no tener talento para hablar bien, ni sabiduría necesaria para cerrar la boca”.
Inexorablemente, al paso de los años, estoy curado de espantos. Sin embargo, se que todos buscamos refugio en la creencia de ser poseedores de ese don que, sometido a nuestros pareceres, nos hace vernos sabios. La mayor de las veces, a nuestras experiencias las damos un sentido de digno doctorado. Es más fácil mostrar fortaleza de ánimo que reconocer la evidencia de que nuestras pretensiones se mueven a nivel alto en el fiel baremo indicativo del fracaso. Pero en la desventura y en cada fase de nuestros avatares, a veces con dilatoria táctica, cada cual aplica su propia medicina e inyecta sus estímulos, echando los arrestos disponibles para seguir viviendo.
Al llegar a casa, sin perder tiempo, con el cuerpo hecho polvo y la mente confusa, accedo al teclado, abro mi página y con estas reflexiones, traté de cumplir con mi promesa de llenar, en este día, una página en blanco.
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